Poemas de Carmen Carrasco

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MANUEL MACHADO, ESE OLVIDADO

Manuel Machado

En uno de mis recitales elegí, entre otros, un poema de Manuel Machado, para mi gusto, uno de los más bellos: Adelfos. Terminado el acto, se me acercó una persona y en tono confidencial me dijo: Te has equivocado. No se llama Manuel; se llama Antonio. Tal es el desconocimiento y olvido en que se halla este poeta, en otro tiempo, uno de los más famosos de su época. Gracia del modernismo pasado por Triana.

Nació Manuel en Sevilla, el 29 de agosto de 1874, en el seno del palacio de Las Dueñas. También su infancia transcurrió en un patio de Sevilla, donde había un alegre huerto con un limonero. Era hijo del folclorista más famoso de su tiempo: Antonio Machado Álvarez, administrador de la Casa de Alba, que firmaba como Demófilo sus recopilaciones de coplas y cantares, sacados de los cantaores anónimos andaluces, y que publicó en un libro titulado Cantes flamencos, influyendo mucho en el posterior estilo andalucista de Manuel:

Cádiz, salada claridad. Granada,
agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería, dorada.
Plateado Jaén. Huelva a la orilla.
Y Sevilla

A los nueve años marcha la familia a Madrid, con los seis hijos, bajo la protección de su abuelo paterno, catedrático en la universidad de Madrid. Allí comienzan sus estudios, siendo Manuel el mejor estudiante de todos, se licencia en Filosofía y Letras. Parece ser que los dos hermanos por aquella época llevan una vida bastante ajetreada: trasnochadores, juergas, mujeres… y encima, eran poetas, que dirían en aquel tiempo. La filosofía de Manuel sobre su modo de vivir la resumía en las frases: “Es libre el que vive según elige”, y “Que jamás me obliguen el camino a elegir”.

Influenciado por Verlaine, Beaudelaire y el gran Rubén Darío, Manuel, siempre precoz, publica primero un par de libros: “Tristes y Alegres”, en 1894, y “Versos”, un año después.

En 1899 marcha a París, donde continuó disfrutando de la amistad de Verlaine, Rubén Darío y Amado Nervo. De vuelta a España, en 1902, publica “Alma”, obteniendo un rotundo éxito. Convertido ya en escritor y personaje de fama, viaja por toda España y el extranjero, mayormente París, su lugar preferido. De hecho, siempre decía que era “medio gitano y medio parisién”. Y publica casi un libro por año: “Caprichos”, “La fiesta nacional”, “Rojo y Negro”, “Alma”, “El mal poema” y “Los Cantares”, prologado por Unamuno.

Cantares…
Quien dice cantares, dice Andalucía.

Con un conocimiento muy profundo de la métrica corta y de la copla popular. Hace honor a su autorretrato en los versos:

Esta es mi cara y esta es mi alma. Leed:
Unos ojos de hastío y una boca de sed…
Lo demás… Nada…Vida… Cosas… Lo que se sabe…
Calaveradas, amoríos… Nada grave.
Un poco de locura, un algo de poesía.
Una gota del vino de la melancolía.

En 1910, conquistada la fama, se casa con una prima suya, Eulalia Cáceres, poniendo en orden su ajetreada vida. Al año siguiente publica “Apolo. Museo pictórico”. Y en 1912 “Cante hondo”, del cual se vendieron mil ejemplares el primer día. Es nombrado director de la Hemeroteca y Museo Municipal. Escribe alguna novela y se consagra como crítico teatral en el influyente periódico El Liberal. Crea al mismo tiempo varias revistas literarias y colabora en periódicos de América y Europa. Todo un record de actividad y producción.

Con su hermano Antonio forma la pareja de más éxito desde 1926 hasta 1932. No hay en toda la poesía en lengua española un caso de calidad tan soberbia y distinta bajo el mismo apellido ni nadie llegó al nivel que alcanzaron Manuel y Antonio al publicar “Alma”, el primero, y “Soledades”, el segundo. Manuel, gracia del modernismo pasado por Triana, arrasó. Antonio, más sencillo y profundo, anonadó. Tuvo más éxito de público Manuel, y de crítica, Antonio. Juntos escriben entre otras las siguientes obras teatrales: “Julianillo Valcárcel”, “Juan de Mañara”, “Las Adelfas”,”La duquesa de Benamejí”, “La Lola se va a los Puertos”, basada en un copla de Manuel. “La Lola se va a los Puertos,/ la Isla se queda sola. Y esta Lola, ¿quién será,/ que así se ausenta, dejando/ la Isla de San Fernando/ tan sola cuando se va?” Siendo representadas por los mejores actores del momento y llevadas al cine algunas de ellas con gran éxito de público. Y a partir de aquí, ya no colaborarían nunca en ninguna otra obra.

Llega la república y Manuel se entusiasma hasta el extremo de componer un himno nacional republicano con música de Esplá. Pero en 1932, el del “no es esto, no es esto”, de Ortega y Gasset y otros intelectuales españoles, se proclama liberal, textualmente: Tan ajeno al fascismo como al comunismo. Es denunciado por un tal Daranas, y unas amistades suyas del mundo literario consiguen salvarlo.

En 1938 publica “Horas de oro. Devocionario”, y entra en la Real Academia Española de la Lengua. Finalmente, publica su “Ópera Omnia” y alguna antología. Y en 1947 muere en Madrid. Después… silencio. La obra de Manuel fue dada de lado y, por el contrario, su hermano Antonio alcanzó la gloria.

Su estilo poético, verso ingenioso, ágil, expresivo, impregnado de andalucismo, incluye estrofas de coplas: “Fatigas, pero no tantas/ que a fuerza de muchos golpes/ hasta el hierro se quebranta”. Seguidillas y soleares. Innovó una variante de estas últimas que llamó “soleariyas”: “Yo no sé olvidar…/ Yo no sé más que quererte./ Y mañana más”. También escribió romances octosílabos, cuartetos, serventesios, versos alejandrinos, sonetos y sonetillos. Su poesía pudiera muy bien ser adaptada para ponerle música y cantarla, pero no tuvo la suerte de su hermano. No hubo un Serrat que cantase su poema “La saeta”, como lo hiciera con el de Antonio, o cualquier otra de sus bellas composiciones. Pero ahí están. Quizá un día la historia le haga justicia a este gran representante del Modernismo que tan injustamente fue olvidado.

Ver poemas: Adelfos, La saeta, La copla, Cantares, Verano, Canto a Andalucía, y colocar su retrato.

© 2010 Carmen Carrasco. Todos los derechos reservados

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